Ni colaboración ni apropiación, lo de Gucci y Balenciaga era una intervención: el análisis definitivo del desfile del que todo el mundo habla

Que el estrépito de los coros no impida a nadie oír la voz que domina el escenario de la moda. En el actual concierto del desconcierto indumentario, la única realidad es que Alessandro Michele canta solo. Impone el tempo y el tono, cambia el compás. Y hasta cuando desafina (que lo hace, a veces) se mete al auditorio en el bolsillo cual Florence Foster Jenkins. No, no hay grandes éxitos comparable al suyo: él es la prima donna con la que Gucci rompió la barrera de los 6.000 millones de euros en 2017, aquella plusmarca que hizo perder el pie a sus rivales directos y desató ese crescendo del lujo que aún resuena. También il divo gracias al que la enseña italiana conquistó el número uno en el top de las firmas de prêt-à-porter más valoradas del desastroso 2020, según el ranking anual que elabora la consultora británica Brand Finance. Así que si ahora quiere marcarse un dueto con Balenciaga, mejor abrirse de orejas.

Aria, la nueva colección de Gucci (recuerden, aquí ya no hay temporadas que valgan), se entonó en streaming ayer jueves a mediodía. Pero desde que a principios de semana el portal WWD dejara caer la posibilidad de una "colaboración" con la etiqueta que defiende Demna Gvasalia en ella, no se ha escuchado más que jaleo, cacofonía. Como las moscas, los haters de ambas marcas –que, no nos engañemos, abundan a la par que sus fans fatales– se frotaban las patas con ruidosa fruición. Primero, porque qué necesidad, los dos buques insignia del segundo conglomerado del lujo mundial, Kering, haciendo trasvase de intereses. Y, segundo, porque ya estamos otra vez con la endogamia, pero peor, que el italiano y el georgiano hablan el mismo pernicioso lenguaje de la moda como merchandising y exclusivo insulto final. Sí, es una cantinela cansina, que taladra y que, lamentablemente, encontrará nuevo eco a la vista por fin del resultado: mero cruce de logos, préstamos redundantes, juego de espejos. Eso, atendiendo a la forma. El fondo, claro, es otro cantar. El que pone punto en boca.

"Apelo a la capacidad de rehabitar lo que ya ha sido otorgado", proclama Michele, transfigurado en ese Dionisos de las muchas madres, necesarias para su nacimiento "siempre incompleto, inacabable", que glosara María Zambrano en El delirio. El dios oscuro (Claros del bosque, 1977) ya la que el diseñador se aferra para explicarse (las divagaciones filosóficas son parte habitual de su narrativa, que en este caso alcanzan además a Walter Benjamin y la filóloga y profesora de tradición clásica de la Universidad Iuav de Venecia Monica Centanni). "Con el fin de escapar a las purezas reaccionarias, persigo una poesía de lo ilegítimo", continúa. A quienes sepan del genuino talante del director creativo de Gucci tiene que sonarles la copla, porque es la misma que viene haciendo oír al menos desde 2018, cuando se alió con el artista conceptual Maurizio Cattelan en aquella exposición en el Yuz Museum de Shangái, The Artist Is Present, en la que ponían sobre la mesa la patata caliente de la apropiación, la copia y hasta la falsificación. Algo de todo eso hay en la simbiosis con Balenciaga que presenta en Aria, ahora expresado como "metamorfosis, contaminación, incursión". O, en términos modernos, hackeo. En su empeño por tirar del carro hacia adelante, el romano interfiere en el pasado, en el de su colega y en el de su propia casa. Porque resulta que esta es, además, una colección que celebra el centenario de la firma florentina.

Las abultadas siluetas reloj de arena de los trajes sastre y las escotadas parkas/plumíferos del debut de Gvsalia en Balenciaga (otoño/invierno 2016) aparecen aquí recreadas sin miramientos, a veces salpicadas con el logo de la doble G que el ambicioso Aldo Gucci ideara en homenaje a su padre y fundador, Guccio Gucci, en 1933; otras impresas con el estampado Flora, diseñado por Vottorio Accornero en 1966 en honor a Grace Kelly. Las botas-calcetín Knife de la primavera/verano 2017 y el bolso Hourglass sufren idéntico tratamiento. Los nombres/logos de ambas firmas colisionan en distintas prendas, texturas e incluso piezas de alta joyería. Dice Michele que la idea le vino de forma "extremadamente orgánica", como resultado directo de haber asistido al primer desfile de Gvasalia como director creativo de la enseña de origen español. Al teléfono, al georgiano le pareció fetén. Y ancho es el Tíber. Llamémoslo, pues, intervención. Tampoco necesitaba romperse más la cabeza. Para el caso, mientras semejante vuelta de tuerca iba girando ante no pocos incrédulos ojos, había que prestar mayor atención si cabe a lo que estaba sonando: el Gucci Gang de Lil’ Pump, el Green Gucci Suit de Rick Ross, el Gucci Flip Flops de Bhad Bhabie y el Gucci Coochie de Die Antwoord y Dita Von Teese. Más autorreferencial no se puede. En efecto: es el fondo de Gucci el que enriquece la forma de Balenciaga.

No es la única. Además de "expoliar el rigor inconformista de Demna Gvasalia", Michele también saquea la "tensión sexual" de Tom Ford, artífice del renacimiento comercial de Gucci entre 1994 y 2004 y proscrito de la casa durante la jefatura artística de Frida Giannini. El actual director creativo ya se había encargado de recuperar su memoria prácticamente desde que relevó a Giannini, en 2015, aunque nunca de forma tan explícita. Las pulsiones eróticas del texano empapan, a su vez, una de las sacrosantas imaginerías de la firma, la ecuestre, convertida de repente en una "cosmogonía fetichista" de arneses, correajes, bocados, estribos, corseletes de cuero y látigos, sometiendo encajes, tules y gasas lenceros. Una de las piezas más bonitas de la colección se pierde ahí: un jersey de punto blanco, el cuello barco cerrado con sendas cinchas, las mangas abiertas en los laterales y recogidas de nuevo por correas en los puños. He ahí, quizá, el punto débil de la propuesta, que tanto artificioso árbol no permite ver el bosque al completo, que es magnífico, sobre todo por lo que respecta de nuevo al trabajo de sastrería, con unos conjuntos de chaqueta cruzada y pantalón de aires setenteros que no se los hubiera saltado ni Helmut Berger en sus días de gloria.

Por supuesto, Aria también remite al lustre antañón y el discreto encanto de la burguesía que hicieran de Gucci una etiqueta de jetsetters. Lo cuenta la propia puesta en escena de la colección, filmada en los legendarios estudios romanos de Cinecittà: una moderna idealización del vestíbulo del hotel Savoy de Londres, donde un joven Guccio Gucci ejerció de botones/ascensorista y aprendió los anhelos, los gustos, las manías y los códigos de quienes, no demasiado tiempo después, serían sus clientes. Michele conoce la historia, la verdad, pero la cuenta a su manera para que siga viva. "En ese sentido, Gucci se convierte para mí en un laboratorio, una fábrica alquímica de contaminación donde todo está en contacto con todo. Un lugar de pillaje y reacciones explosivas; un generador permanente de destellos y anhelos inesperados", dice el creador. "Con motivo de la ocasión [el centenario], deseo honrar mi vínculo filial traicionando el legado que me fue transmitido. Porque la promesa de un inacabable nacimiento solo se renueva por medio de la capacidad evolutiva". Como en un aria da capo, Michele no hace otra cosa que recitar el principio, ejecutándolo con toda suerte de variaciones y adornos para su lucimiento. Esta es la voz.

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