Sucedió en domingo | Algo contigo

“Otra noche y nada sucedió”. Canta Marta y toca Micó. Voz y guitarra, garganta y pluma, que me cuentan por correo que han querido homenajear con una letra cabaretera de Georg Kreissler al bar Pastís, antro minúsculo por el que pasamos todos los que pensábamos que Barcelona era también un poco París, Buenos Aires y Berlín.

La pareja recuerda con un vídeo un local hoy sin actividad que abrió, cerró y cambió de dueño varias veces desde que se inauguró en 1947. En ese vídeo, ella entona y él, filólogo (¿hay músico que no lo sea?), la acompaña con la guitarra, aunque su última proeza para mí sea otra: una traducción de la Comedia de Dantea la que coloqué, para honrar su brillantez, en una vitrina aparte.

En el Pastís cabían unas 10 personas contando a José Ángel de la Villa, el dueño, y los artistas. Porque sí, ese rincón de la calle Santa Mónica era diminuto, pero siempre había pastís -esa especie de anisete que da un dolor de cabeza monumental-, gente muy viva y música en directo. A mí la primera vez me llevó P. arrastrándome Rambla abajo, empeñado en demostrarme que en domingo se puede ser feliz sin trabajar.

Sé de gente que ha escuchado flamenco en el Pastís, pero yo sólo recuerdo el tango. Y la noche en la que P, yo, y todos los demás lloramos y la serpiente disecada que colgaba del techo mudó de piel escuchando “Los mareados”. Lo cantó una chica cuyo nombre no recuerdo: “Hoy, vas a entrar en mi pasado, en el pasado de mi vida, qué grande ha sido nuestro amor y sin embargo, ay, mirá lo que quedó”.

Estos días he hablado con amigos que también lo frecuentaron y me cuentan que se acuerdan más de la chanson, que es lo que sonaba en el Pastís casi siempre, pero a mi cabeza sólo vuelve lo porteño: “Como un acróbata demente saltaré / sobre el abismo de tu escote hasta sentir / que enloquecí tu corazón de libertad…” Aunque pensándolo bien, no hay nada más parisino que un tango: son cosas que pasan cuando dejas en manos de una mestiza total como Edith Piaf la tarea de convertir en icono una ciudad.

En ese barrio donde está el Pastís todo se volvía turbio al tercer trago. Sobre todo si antes pasabas por el Marsella, a unas calles de distancia, y te aficionabas a los azucarillos disueltos en absenta; a las mesas de madera y a los chicos de pelo largo. El del Marsella era un local amplio, desventaja que no tenía el Pastís, tan falto de espacio, que no dejaba hueco al disimulo. “Qué guapa estás”, decía P. y hasta él podía notar, sin tocarlos, el calor de mis mofletes. “Dame el abrigo”, le pedía yo apoyando mi mano en su rodilla, que nunca estuvo tan cerca de su ingle como en el Pastís.

“¿Tú tuviste algo con P?”, me preguntaron una vez, cuando ya hacía muchos domingos que no visitábamos el antro. “¡No! ¡Nada! ¿Qué dices?”, respondí y me sentí mentir porque obvié la mano en la rodilla, el rojo de las mejillas, todas las tonterías que nos contamos junto a la máquina de escribir que había al lado de la puerta –una Remington, juraría– o el día que una rubia preciosa se acercó a él y yo sentí como si alguien me robara el chubasquero. “Son celos”, me dijo él. Y yo reí.  

P. y yo nunca nos interrogamos de esta forma: “¿Qué somos, qué tenemos?” Era como si en lugar del tango imperara entre nosotros el bolero, estilo más del anhelo que del arrepentimiento: "No hace falta que te diga que me muero por tener algo contigo…" Sí, a ese me refiero. Pero no, qué va, no voy a culpar al género musical sino a la falta de valor y a la angostura, pues el tugurio era tan pequeño, que había que elegir si metíamos en él la respuesta o la pregunta.

Allí, la conversación fluía mejor desde los gestos: mirándose, rozándose, bailando. ¡Sí, bailando! En esa miniatura la gente danzaba –chúpate esa, covid– y había tardes en que los cuerpos se superponían, se amontonaban unos sobre otros y, sin pedirse perdón, se movían como si fueran uno solo y fueran agua, por inercia, en masa, sin dar pasos. Y sin embargo, nunca vi a nadie besarse en el Pastís.

“Otra noche y nada sucedió”, sigue cantando Marta dulcemente en la pantalla llevándome hasta esos días. Pero no hay forma de que yo eche de menos el Pastís, hoy cerrado sine die, lo que me hace preguntarme si un bar aún en pie pero sin clientes computa como existente. Sí echo de menos su estrechez, la falta de miedo de los domingos tristes y "las cien flores blancas" de las que hablaba el tango que cantábamos cuando, Rambla arriba, volvíamos a casa. Yo a la mía y P. a la suya, para así poder fingir que bailar, llorar y sonrojarse no computa para decir que has tenido algo con alguien.

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