Será como aquella canción de Los Piratas

Hace dos meses conecté mi colección de música en modo aleatorio a la radio del coche y saltó una cara B de Los Piratas: Se llamaba Hoy salesy no me sonaba de nada. Y eso que había escuchado todas sus canciones unas mil veces. Algunas, 2.000. Yo, que en el concierto de presentación de Sesiones perdidas fui el único que coreó Odot porque conseguí darle la vuelta a la letra (grabada al revés en el disco) con un programa informático. Dicen de los periodistas que sabemos de muchas cosas pero no somos expertos en nada. Quizá en la única cosa en la que este periodista sí sea experto es en la discografía de aquel grupo disuelto en 2004. Sin embargo, hasta aquella escucha casual, había sido privado de una de sus gemas escondidas. Y ahora saltemos a una polaroid de finales del siglo pasado:

En el verano de 1999, el mismo día que aprobé la selectividad, mi amigo Joaquín nos descubrió a los de la pandilla una vieja cinta mixta y, con ella, un tema que se convirtió en el himno oficial de nuestras vacaciones. Llevaba por título Promesas que no valen nada, acababa con un verso de El último de la fila y dudo que hoy resulte desconocida para ningún terráqueo. Pero entonces la música no era el reguero de pólvora que es ahora, donde, si llegas tarde un día a opinar sobre el último single de C. Tangana, ya estás fuera de onda. Al invierno siguiente comencé a compartir mi fiebre con un pequeño y fiel ejército y creo que nos perdimos ni una sola cita de Madrid y alrededores durante los siguientes cuatro años. La Riviera se convirtió en nuestro templo e Iván Ferreiro, Fon Román, Paco Seren, Pablo Álvarez y Javier Fernández (aka Hal 9000), en nuestros profetas. Y gracias a ellos, que escribían exactamente lo que sentíamos y su antídoto, reparamos en que la pena dura -exactamente- tanto como quieras tú seguir llorando. Aquellos discos, conciertos y salmos nos salvaron la vida infinitas veces.

Existe un punto del crecimiento en que necesitas estar en contacto con tus emociones, y descubres que otros más veteranos y más locuaces que tú ya le habían puesto música y letra a esa incomprensión, a esa alienación y a ese sabor metálico que traen los primeros desamores. Como dice Jonás Trueba: "Todas las canciones hablan de mí". Los Piratas, antes de pasar a llamarse simplemente Piratas, comenzaban siempre sus conciertos de manera humilde: "Hola, somos Los Piratas y somos de Vigo", como cuando Tom Cruise te da la mano antes de entrevistarlo y te explica: "Hola, soy Tom". Sabían de su potencia y de su impacto. Sabían que no tenían nada que explicar antes de que comenzáramos a berrear sus grandes éxitos y, aún así, indefectiblemente, cada una de las veces nos anunciaron que eran de Vigo, hogar del Celta, de las zamburiñas, de Abel Caballero y su árbol de Navidad extra alto, del dinoseto, de la morriña por los 80 -y de la morriña en general-, y cuna donde se explicó por primera vez, y mejor que nunca, que "el equilibrio es imposible".

El último verano lo pasé en la sierra con mi hijo y, entre jornada laboral y jornada laboral (semiconfinados), conectaba la lista del móvil a mi minialtavoz por bluetooth para que sonaran los acordes del Document de R.E.M. Un pasaporte a las raíces del folk-rock de la Norteamérica profunda ochentera que no me había encantado en mi adolescencia pero que ahora es exactamente mi taza de té. Mi madre, que andaba por ahí, se quejaba: "Pon algo más tranquilo, que eso me altera mucho", a lo que yo, diligente, contraatacaba pinchando el Ya mi mama me decía, de Guitarricadelafuente, un lamento flamenco muy sentío y emocionante pero que no te mueve el esqueleto precisamente. "Todas las canciones que te gustan son bastante tristes", volvía a reprochar acto seguido. Lo habría tomado como una anécdota o como una broma ligera si no fuera el mismo discurso exacto de mi amiga Cris, fan de Guns n’ Roses, Mago de Öz, Platero y tú y, en general, todos los hits del verano de cada verano. "A mí es que me van las más energizantes", repite a menudo como un mantra.

Intrigado porque dos de las mujeres con más ascendencia sobre mi vida coincidieran en mi obsesión por la tristura, eché un vistazo descuidado a mi colección de vinilos y reparé en que no había ni un solo de Beyoncé o de Celtas Cortos. Apenas uno de Rage Against de Machine, quienes, a pesar de sus muchas guitarras, a veces rasgadas con el codo, llaman a un pogo contra el aburguesamiento pero nunca nos invitan a brindar. Supongo que no me gusta demasiado el reguetón y que en realidad sí soy fan de esas noches de velas y melancolía regadas con una copa de vino.

Volviendo a Iván Ferreiro y a Los Piratas, había algo en aquellas peregrinaciones sistemáticas a cada una de sus citas. Los que acudíamos éramos sospechosos habituales, y no nos llamábamos por nuestros nombres, pero sí nos sonaban las caras. A veces nos encontrábamos sin conocernos por las calles del centro de Madrid y nos saludábamos con un leve arqueo de cejas como los miembros de El Club de la Lucha. Una panda de atormentados con pantalones anchos rotos, zapatillas Vans, auriculares conectados al discman, todos entrando y saliendo de Madrid Rock. Nuestro héroe era un solista menudo, heredero en muchas cosas del primer Coque Malla y capaz de pasar del falsete al carraspeo sacudiendo su cuerpo como en un escalofrío. Su tesitura de entonces le hacía llegar a lo más amargo y a lo más lúdico, siempre a punto de perder la voz en el intento, siempre a la temperatura exacta de un corazón saliéndose del pecho. Hoy sales contiene muchas de aquellas claves, pero, escondida en alguna maqueta, suponía todavía un gran misterio para nosotros.

Me contó en una ocasión Amaro Ferreiro, hermano, guitarrista y ocasional letrista de Iván en su andadura en solitario, que un día, en una de las interminables conversaciones entre ambos llegaron a la conclusión de que "Todas las canciones son la misma canción". "Y en realidad son una ranchera", apostilló el productor Suso Sáiz al escucharles. Me pareció una reducción brillante, aunque no del todo cierta. Y si lo fuera, yo sería de los que preferirían las rancheras más tristes. Es portentoso el poder de las melodías para llevarnos al momento y al lugar en que las escuchamos la primera vez, pero solo unos pocos secretos escondidos como cápsulas del tiempo son capaces de trascender la radio de mi coche circa 2020 y, sin haber sido escuchadas nunca antes, transportarnos al parking de aquel Jumbo que ya no existe donde celebramos la resaca de nuestro primer concierto montados en carritos de la compra. Allí nos desgañitamos recordando las sonrisas y lágrimas de dos horas antes igual que los protagonistas de Las ventajas de ser un marginado se elevaban sobre la capota de su coche recordando que pudieron (y pudimos) ser héroes, aunque fuera por un día.

Lo que descubrí con aquella canción triste y oscura, nueva pero vieja, hace dos meses en mi coche no fue la última pieza del rompecabezas de una discografía importante. Fue una magdalena musical en tiempos de pandemia que nos invitaba a "salir" más fuerte que nunca en un futuro cada vez menos lejano.

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