Mi vida como Pitufina

Cuando era pequeña, mis dibujos animados preferidos eran Los autos locos. No los ponían siempre a la misma hora, no seguían un orden o una trama argumental, las carreras no tenían normas ni sentido, el único protagonista era el malo y nadie llevaba recuento de las victorias que acumulaba cada piloto. Era una perfecta metáfora de la vida.

El problema que tenía la serie de Los autos locos era que solo había una chica: Penélope Glamour. Su coche era rosa, a juego con su indumentaria, tenía faros con pestañas y un dispositivo en el cuadro de mandos que le pintaba los labios. Era una corredora pésima, pero en Los autos locos no se premiaba el talento; quien ganaba, lo hacía siempre por casualidad. Lamentablemente, aun si comulgabas con las elecciones estéticas de la señora Glamour, el personaje resultaba demasiado soso para identificarte con ella. Nada te impedía, como niña, elegir a los hermanos Macana o al Espantomóvil, pero había algo que fallaba ahí. Igual que cuando ves una competición de las Olimpiadas, muy mal te tienen que caer los deportistas españoles para que decidas ir, qué sé yo, con los franceses.

Este problema no solo lo tenían Los autos locos, sino franquicias mucho más famosas como Star Wars, *Las tortugas ninja, Comando G, Star Trek, El equipo A** o, por supuesto, Los pitufos. En 1991, la columnista Katha Pollitt acuñó la expresión “Principio de Pitufina” para dar nombre a este tipo de situaciones narrativas en las que solo hay un personaje femenino. A mí personalmente me parecía aún más sangrante cuando los guionistas tiraban la casa por la ventana y daban a las niñas una segunda opción, desdoblando a Pitufina en dos estereotipos: la guapa ligeramente idiota y la feúcha resabiada, como es el caso de Los Goonies, Scooby Doo o Verano azul —en la versión moderna de Los autos locos, Penélope Glamour tiene una gemela malvada, por si esto del desdoblamiento no era lo suficientemente literal—.

El principio de Pitufina se da también en la realidad. Es la máxima de la cuota mínima: “Nadie nos puede llamar machistas porque en el grupo hay una chica”. Yo he sido esa chica muchas veces. He sido la Pitufina tanto de grupos de amigos como de departamentos profesionales e, inconscientemente, he lidiado con la situación de varias maneras. Una opción es la de aceptar el papel de Pitufina. Un puñado de señores te ha honrado con el privilegio de aceptarte en su grupo, así que más vale que lo hagas bien. Sé eficiente, bondadosa, sensata y amable. Sé a veces una madre para estos alocados chicos y sé también una genia —ups, perdón, RAE, “una genio”—, porque la mediocridad es un lujo que tú, como representante de todo tu género, no te puedes permitir. En definitiva, sé Hermione Granger.

Otra opción es rebelarte contra el estereotipo y convertirte en la anti-Pitufina. Ser impulsiva, malhablada, soez, “guerrera” y ocurrente. Y sonreír encantada cuando recibes tu premio: “Tú no eres como las demás, eres como uno de nosotros” —literalmente me han dicho esto varias veces—. El problema llega cuando te das cuenta de que esa frase es machista, insultante y la prueba de que, queriendo librarte de un cliché, te has convertido en otro.

Hay gente que aún se pregunta por qué triunfaron tanto las Spice Girls, por qué Las chicas de oro se convirtió en una serie de culto o a qué viene ese entusiasmo ante la enésima adaptación cinematográfica de Mujercitas. Yo os lo voy a decir: estamos hartas de ser Pitufina.

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