Los orígenes de Joe Biden, el niño marcado por la pobreza a quien pocos auguraban una carrera política

El día de las elecciones presidenciales, justo antes de retirarse a su cuartel general de campaña, Joe Biden participó en un último acto: una visita a Scranton, una ciudad de poco más de 75.000 habitantes en el noroeste de Pennsylvania, donde se jugaba parte de la presidencia de Estados Unidos. Allí, se dirigió a una modesta casita en un pequeño suburbio, a dejar un mensaje en una pared del salón: "De esta casa a la Casa Blanca, si Dios quiere". En aquella casa, en sus primeros años, habían vivido Biden y sus padres. Sería el primero de los tres hogares que conocería el candidato en sus primeros 10 años de vida.

El niño Biden, nacido en 1942, un año después del matrimonio de sus padres, no había conocido los años pudientes de la familia. En concreto los del abuelo Joseph Harris Biden, ejecutivo del petróleo al que el trabajo le llegó para que el padre pudiese conocer la buena vida: monterías, viajes en yate, veranos al sol… Pero con poco que legar a la siguiente generación, tras la crisis del 29. Sin embargo a Joe Biden Sr. la Segunda Guerra Mundial le hizo prosperar. En 1941 se casó con Jean, Catherine Eugenia Finnegan. La familia vivía del sueldo de Biden, empleado en una firma que contribuía al esfuerzo bélico de la Marina estadounidense.

En sus primeros años, los Biden vivieron en esa casita de Scranton, a dos pasos de los abuelos maternos, y con una relativa estabilidad. Pero el fin de la guerra fue el fin del trabajo. Los Biden tuvieron que mudarse a casa de los abuelos primero, y después huir de Pennsylvania en busca de trabajo. Joe Sr. se dejó llevar un poco por el alcoholismo, uno de los grandes males de la familia. Aunque ese pasado de fortuna le llevaría también a ser, como le describía Biden en sus memorias, "el vendedor de coches usados más impecablemente vestido" de Delaware, donde acabaría recalando la familia, y donde Joe Biden hizo su vida.

Primero, en un colegio en el que tuvo que combatir un defecto del habla que hoy todavía arrastra: algunos de los lapsus que se le atribuyen a la edad tienen más que ver con un impedimento en el que trastabilla las palabras, cuando no tartamudea directamente. Sus pausas, en ocasiones, se deben a ese defecto. Del que también sacó una de sus fortalezas: un niño tartamudo es el blanco perfecto de los abusones. Biden, además, no era el mejor estudiante del mundo. Los vaivenes familiares, la tartamudez, las carencias económicas durante la primera década de vida y el desarraigo no ayudaban.

También marcaron su vida: Biden siempre ha sido frugal. En Washington, donde llegó en 1972, siempre le han colgado la etiqueta de ser "el más pobre" del establishment. En varias de sus primarias presidenciales (compitió por primera vez en los ochenta) era frecuente verle en las salas de espera de los aeropuertos, preparándose para cruzar Estados Unidos en clase turista. Incluso en los años en los que competía con Clinton y Obama, el ya millonario (raspado) Biden no podía permitirse jets privados ni grandes despliegues. Una de sus bromas recurrentes es que siempre se ha visto como candidato ganador en un escenario hipotético: "si ganara 100 millones en la lotería".

En el instituto, todo cambió. El niño se convirtió en un gran deportista: hábil para el béisbol, destacadísimo en el fútbol americano. Un chaval sin preocupaciones, con un padre que otra cosa no, pero coches de segunda mano bien aparentes para prestarle a su hijo (y a los amigos de su hijo), sí tenía. Y que en la Universidad se entregó más al deporte que a los estudios, a socializar que a los libros, y a la vida dispersa que a las grandes causas.

Biden era atleta en invierno y socorrista en verano, y se pasó los sesenta poniéndose de perfil frente a gran parte de los terremotos políticos de la época: estaba a favor de los derechos civiles, pero no mucho; no se manifestaba contra la guerra de Vietnam (a la que no acudió por prórrogas de estudios y un extraño informe médico en el que su asma de adolescente eximía al bien formado deportista). No era un hippy, pero las simpatías demócratas las iba desarrollando poco a poco. Hasta que, en unas vacaciones de primavera –el spring break estadounidense–de 1964, un año antes de acabar la carrera (Historia y Políticas), conoció a una chica en las Bahamas: Nellia Hunter.

La trayectoria de Biden dio un vuelco: terminó la carrera en 1965, se casó con Neilia en 1966 y se matriculó en Derecho. Compaginó trabajo y estudios para sacar adelante a la familia. Y en 1972, el Biden abogado se convirtió, a los 30 años, en uno de los senadores más jóvenes de Estados Unidos. Aquella historia ya sabemos cómo acabó: en tragedia: "Seis semanas después de las elecciones, mi mundo cambió para siempre. Estaba en Washington eligiendo a mi gabinete cuando recibí una llamada. Mi mujer, y mis tres hijos estaban haciendo las compras de Navidad cuando un camión tráiler los embistió por un costado, matando a mi mujer y a mi hija. Y tampoco sabían si mis hijos sobrevivirían".

Un golpe, uno de tantos, del que solamente pudo salir haciendo suyas unas palabras que son el mayor legado de su padre, una cita que le ha acompañado en toda su carrera política y en su vida personal: "Campeón, el valor de un hombre no está en que no le tumben, sino en lo rápido que se levanta".

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