La Diana de ‘The Crown’ pone en un aprieto a sus espectadores más inocentes

El entonces arzobispo de Canterbury, Robert Runzie, lo dijo en su sermón de la boda del príncipe Carlos y Diana, y fielmente lo recoge el final del tercer episodio de la cuarta temporada de The Crown:

“De esto es de lo que están hechos los cuentos de hadas. El príncipe y la princesa en el día de su boda. Pero los cuentos de hadas suelen acabar en este momento, con una frase sencilla ‘Vivieron felices para siempre’. Quizá porque los cuentos de hadas ven el matrimonio con un anticlímax, después del romance y el cortejo. Mientras el esposo y la esposa cumplen con sus votos, amándose y respetándose el uno al otro, compartiendo el esplendor y la miseria de la vida, logros y contratiempos, se transformarán en el proceso. Nuestra fe no ve el día de las nupcias como el lugar de llegada, sino como el lugar donde empieza la aventura”.

Hablaba Runzie en términos dramáticos del matrimonio como anticlímax, como si le estuviera lanzando un guante a los que contasen esta historia en el futuro. De los matrimonios felices, claro, que quizá los infelices son climáticos cada uno a su manera. Hace tres años, en su soberbio perfil sobre Diana en The Guardian, Hilary Mantel insistía en esta idea: “Los cuentos de hadas no describen el día después de la boda, cuando la joven esposa, perdida por los pasillos de palacio, ve su reflejo quebrarse y gira en círculos, aterrada, buscando un espejo que la reconozca”.

Hoy el espejo que la reconoce y que recoge el envite que lanzó hace 39 años el arzobispo de Canterbury es la cuarta temporada de The Crown. Ya sabemos de la fascinación de Peter Morgan con la figura de Diana: The Queen no iba de la reina, iba de cómo la reina podía lidiar con un símbolo (o la ausencia de él) que había eclipsado la imagen que la opinión pública tenía sobre la familia real británica. Por eso dedica toda una temporada de The Crown a la construcción del mito de Diana y cuenta, como dirían en Sálvame, su verdad sobre ella construida a través de la mentira de la ficción.

“No se puede escribir o hablar sobre la princesa sin explicar y embellecer su mito”, explicaba Hilary Mantel, “Ella ya no existe como ella misma, solo como lo que hicimos de ella”. Sin embargo, The Crown no solo muestra a la madre amantísima, a la mujer –ejem– normal (una rosa blanca de metal) o a la princesa de los desfavorecidos que el pueblo quiso ver en Diana. Nos enseña a una mujer meliflua, naif, sin intereses más allá de sus hijos, bailar y acaparar protagonismo. Y al mismo tiempo a una mujer con ansias de encajar y de que su esposo la quiera. Porque no hay lugar para las paradojas temporales, pero solo le falta plantarse delante de Carlos y emular a la Julia Roberts de Notting Hill: “Soy solo una chica de pie frente a un chico pidiéndole que la ame”.

Consigue Morgan que entendamos a su Lady Di enseñándonos su catálogo de defectos, con ayuda de la estupenda Emma Corrin, que calca su caidita de ojos y su languidez. No es más que otra manera mucho más virtuosa, claro, de embellecer el mito. Consigue dotar de algún interés al personaje del que más se ha escrito y visto de la monarquía británica en la cultura popular de las últimas décadas. Quizá el defecto es que pone tanto hincapié en hacerlo que puede resultar redundante: ¿En cuántos episodios tenemos que verla pegándose atracones y vomitando para que entendamos que es bulímica? ¿En cuántos que Carlos a quien quería en realidad era a Camila? ¿En cuántos que siempre fue un matrimonio desgraciado? Y sobre todo, a costa de la verdadera historia de amor no exenta de sufrimiento de la temporada, que es la que se forja entre la reina y Margaret Thatcher.

Cuanto más se acerca The Crown a lo que hemos vivido más tiende al culebrón, lo cual no es bueno ni malo por sí mismo. ¿Lo vemos nosotros así porque aborda cuestiones con las que hemos convivido como lectores de ¡Hola! o la serie lo hace conscientemente? La respuesta a lo primero es: seguro. La respuesta a lo segundo es que la serie siempre ha sido un culebrón en cuanto a temática, puesto que tendía a centrarse en las –altas y bajas– pasiones, pero ahora también lo es en cuanto a una estructura que gira alrededor de las idas y venidas de la relación de Carlos y Diana, en detrimento de episodios más estancos que aborden otro tipo de temas. Tiene más peso la línea horizontal que la trama episódica, a pesar del notable Fagan y del excepcional Monarquía hereditaria, con una Helena Bonham-Carter que con cada gesto hace suya hasta la más coral de las secuencias en las que aparece.

La mies es mucha y los capítulos, pocos. Cada vez contamos con más personajes y nosotros sabemos más sobre ellos, lo que se lo pone más difícil a la serie, pero también enfrenta al espectador con su visión del asunto. “Cuando la gente describía a Diana como la princesa de cuento de hadas, ¿estaba pensando en sus versiones [de los cuentos] limpias?”, se pregunta Mantel. “Los cuentos no van sobre vestidos vaporosos y gratificación de ego. Van sobre asesinato de niños, canibalismo, hambre, deformidad, criaturas humanas convertidas en bestias o encantadas por hechizos o encerradas vivas entre espinas. El niño enjaulado es alimentado con leche, la bruja le palpa los dedos en busca de gordura y si hay un ‘feliz para siempre’, suele estar escrito en la piel de alguien”. Qué ganas de ver ahora un cuento de hadas.

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