Jaime Hayon, el artista que enamoró a Cartier en Madrid

A Jaime Hayon (Madrid, 1974), las musas para crear la escenografía de Beautés du Monde, la más reciente colección de Alta Joyería de Cartier, lo pillaron tomando café. Por suerte llevaba encima uno de sus cuadernos –atesora más de 200– y algunos pinceles, así que no dudó en pedir al camarero un vaso de agua para esbozar allí mismo las acuarelas que darían forma al proyecto. El artista y diseñador más famoso de su generación, que recibió el Premio Nacional de Diseño el año pasado, ha sido el encargado de embellecer el interior de la antigua embajada británica en Madrid, un edificio brutalista rehabilitado por Cartier, para acoger las espectaculares joyas de la maison francesa. Inspirándose en los propios conceptos que dan forma a la colección –la naturaleza, la cultura y el mundo mineral–, Hayon ha diseñado distintos espacios teñidos de verde, rosa y amarillo que desde el pasado 13 de junio albergan unas cien joyas del primer capítulo de la colección Beautés du Monde, así como una selección de piezas de Alta Joyería, Cartier Tradition y Haute Horlogerie.

“Desde el principio tuve claro que tenía que haber una oposición hacia el espacio, que es muy duro y brutalista. Teniendo en cuenta que las joyas se llevan sobre el cuerpo, que es suave y no tiene ángulos rectos, quise diseñar una escenografía acorde a ese concepto”, explica el artista apurando ahora un café más reposado, el que se saborea con el trabajo hecho. Así, los arcos de medio punto, presentes en toda la exposición, se inspiran en las siluetas de las joyas, sin caer en la recreación evidente. Para Hayon, el mayor reto fue adaptar la distribución de la muestra al espacio circular del edificio. «Pasé un día entero estudiando cómo incidía la luz en el espacio porque debido a su forma va cambiando a lo largo del día y era crucial que los rayos no incidieran en las joyas para que pudieran verse bien», detalla.

Esa minuciosidad es extensible a todo lo que hace, que es mucho. Lo mismo diseña butacas y sofás para Fritz Hansen, que actualiza el legado de firmas como Baccarat, Lladró o Vista Alegre con sus piezas de porcelana y cristal o firma una colección de ropa para Zara. «Joyas aún no he diseñado, más allá de una que le regalé a una amiga, pero me atrevería si me lo pidieran», asegura haciendo gala de la valentía que caracteriza su trabajo. Esa capacidad para tocar todos los palos complica la tarea de definir quién es Jaime Hayon con una sola palabra, pero tampoco le preocupa. «Soy creador, artista, pero no creo tanto en poner etiquetas porque todo lo que hago está interconectado».

Matriculado en el madrileño Istituto Europeo di Design casi por casualidad, al acabar sus estudios en 1997 se mudó a Italia para trabajar durante un año en la Fabrica, el laboratorio de creación experimental vinculado a Benetton. Acabó quedándose hasta 2003 liderando el departamento de diseño. Allí entendió que no tenía por qué elegir entre dedicarse a la pintura, al interiorismo o al diseño, sino que podía hacerlo todo a la vez. En aquella época fundó su propia oficina de diseño, Hayonstudio, que, después de pasar por Barcelona y Londres, tiene hoy su sede en un piso modernista ubicado en el corazón de Valencia. «Allí puedo pasear sin que me paren por la calle, algo que sí me pasa, por ejemplo, en Estados Unidos», asegura. Y vuelve a hacer gala de un humor que también impregna sus diseños: «En Valencia solo te paran si eres fallero. Igual tendría que hacer una falla, podría llamarla el Fayón».

“Referente indiscutible del diseño español a nivel internacional y uno de sus mejores embajadores en una amplia diversidad de ámbitos», tal y como fue definido por el Ministerio de Ciencia e Innovación, que le concedió el Premio Nacional de Diseño 2021, Hayon acumula diversos galardones que reconocen su talento. Al ser preguntado acerca de qué hace un diseñador con sus premios –¿quizá crear una estantería para ponerlos en el salón?–, responde ocurrente: “Tengo muchos en el estudio, pero también utilizo muchos como tope para las puertas. Es muy cool”, cuenta entre risas. Y después adopta un tono más solemne: “Me hacen muchísima ilusión, son un reconocimiento a mi trabajo y los recuerdo con mucho cariño”.

Firme defensor de la artesanía y del factor humano en el diseño, deja entrever, sin embargo, que quizá lo próximo sea probar suerte en el diseño NFT. Y antes de terminar el encuentro, un apunte sobre su extensa colección de cuadernos. «No sé cuántos tengo, pero más de 200, seguro. El museo holandés Groninger ha expuesto 70 en distintas muestras itinerantes y un día me puse a calcular que algunos pueden tener un valor de 400.000 euros. No solo porque tengan bocetos míos, sino porque tienen dibujos de otros artistas muy cotizados. Siempre llevo alguno encima. Incluso en vacaciones, que es cuando más relajado estoy y más dibujo. Para mí dibujar no es un trabajo en sí, no me cuesta».




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