(Hemeroteca) Miguel Ángel Fernández Ordóñez: Todas las propuestas de supervisión de Bankia eran muy razonables

(Esta entrevista se realizó en enero de 2020 y fue publicada en el número de marzo 2020 de Vanity Fair España)

"La mayor parte de mi carrera política fue con Felipe González. Un hombre impresionante, un gran pragmático. Solo se alabará lo que hizo cuando se muera, que espero que suceda dentro de muchísimos años. Él privatizó 75 empresas, Aznar 35. Felipe y Miguel Boyer fueron los primeros socialistas del mundo que liberalizaron algunos sectores: alquileres, horarios comerciales… ¡Antes de nosotros no podías comprar en domingo! Había 30 productos económicos sometidos al acuerdo de precios. En España estaba todo regulado: los gramos de azúcar que llevaba el sobrecito del café; el precio del pan estaba fijado, quién podía hacerlo, qué tipo de pan…”.

Miguel Ángel Fernández Ordóñez (Madrid, 1945) se entusiasma recordando los primeros años 80, cuando Felipe González llegó al Gobierno con una mayoría absoluta y le dio la vuelta a España como un calcetín. Entonces MAFO, las siglas por las que se le conoce, era quien redactaba aquellos decretos “incendiarios” junto a Miguel Boyer, flamante ministro de Economía. “Recuerdo cuando privatizamos la SEAT, que aquello era imposible de explicar a la gente. Tuvimos que pagar a Volkswagen 35.000 millones de pesetas. ¡Pero es que SEAT perdía 50.000 millones al año! Con lo que, fíjense, solo en el primer año ya habíamos ahorrado 15.000 millones al contribuyente”.

El economista nos recibe en la casa de Madrid donde vive con su mujer, Inés Alberdi, socióloga, catedrática, exdirectora del Fondo de Desarrollo de las Naciones Unidas Para la Mujer y una de las feministas más reputadas de España. “Escribió su tesis sobre el divorcio mucho antes de que se legalizara en España”, recuerda su marido. Esta mañana Alberdi está dando clases en la universidad. La vivienda, un amplio y luminoso piso situado en pleno barrio de Salamanca, la adquirió el matrimonio en 1985 —“cuando todavía se podían encontrar chollos”—. Está muy cerca de la casa donde nuestro protagonista nació hace 75 años. “Al comprarlo pensé que había algo muy freudiano en el hecho de acabar viviendo en la misma manzana donde nací”, reflexiona.

Desde su jubilación en 2012, se dedica a escribir libros: “Podría haber estado en consejos de administración, pero cada uno se divierte como quiere”. El último, Adiós a los bancos (Taurus), a la venta el 20 de febrero, explica de forma divulgativa un argumento al que lleva años dando vueltas: que los bancos son el origen de nuestras peores crisis financieras. “Las que pagamos todos con enormes costes”, asegura. Y aporta una solución que argumenta extensamente en el texto: la adopción de un sistema de dinero público digital y seguro. Una moneda emitida por el Banco Central que no funcionase como el sistema actual, donde el dinero no es dinero, sino un activo financiero con riesgos. El dinero en un banco privado es ‘Yo te prometo dar 50 euros’: es una promesa, no es dinero”, continúa mientras se acomoda en una silla en el salón dispuesto a ofrecernos una charla tan didáctica como extensa sobre el dinero público así como sobre algunas de sus grandes obsesiones. A saber: las bondades de liberalizar el mercado —“hay mucha gente que piensa que todo se arregla con regulaciones”—, las bondades de la libre competencia —“la competencia es de izquierdas: baja los precios, por lo tanto aumenta el salario, mejora la calidad y favorece a los pobres”— y su profunda fe en los valores de la socialdemocracia. Estos los resume con un lema del partido socialdemócrata alemán: “Tanto mercado como sea posible, tanto Estado como sea necesario”. “(Esta frase) me parece la que mejor define cómo hay que arreglar las cosas en economía”. La charla dura casi tres horas y jamás pierde el hilo, por muchos paréntesis que abra para aventurarse en otra explicación o echar mano de algún recuerdo. “Como iba diciendo: mi libro es una contribución para decir que las crisis bancarias van a ser como el cólera o la peste, que asolaron durante muchos años pero que han dejado de existir”.

Con respecto a crisis económicas, él sabe de lo que habla. Durante su mandato como gobernador del Banco de España, de 2006 a 2012, el mundo sufrió la peor desde el crac del 29. La debacle arrancó en 2007 con la crisis de las hipotecas subprime y estalló en septiembre de 2008 con la caída de Lehman Brothers. A España tardó en llegar, pero cuando lo hizo golpeó con fuerza. Estalló la burbuja inmobiliaria, se hundieron las cajas de ahorros, se disparó el paro —que llegó al máximo histórico de 6,2 millones— y la prima de riesgo —el medidor de la confianza que los inversores depositan en la economía de un país— pasó de los 30 puntos en 2008 a los 649 en 2012. Y terminó con un rescate de 100.000 millones de euros que España solicitó a la Unión Europea para sanear el sistema financiero. En medio de este maremágnum, la salida de Bankia a bolsa, en mayo de 2011, fue la guinda del pastel. Terminó con un rescate bancario y con el juicio económico más importante de los últimos años: el caso Bankia. Por él han desfilado desde Rodrigo Rato hasta Luis de Guindos, así como Miguel Ángel Fernández Ordóñez y toda la cúpula del Banco de España, que acudió a la Audiencia Nacional como investigados por las presuntas irregularidades en la salida a bolsa de la entidad.

—¿Cómo vivió usted ese momento?
—Bastante molesto. No es agradable. Pero en este país está permitido que un partido político como era UPyD te lleve a juicio. Al final hubo un tribunal que dijo que no nos procesaba.Pero fueron dos años… Yo ya estaba jubilado. Lo peor fueron los profesionales que aún estaban en activo en el Banco [de España] y les arruinaron su carrera. Total, para nada.

—¿Pensó que podría acabar mal?
—Yo no tenía mucha preocupación. Dijeron que había unos correos que decían que Bankia se iba a hundir… (hace alusión a unos correos electrónicos enviados por José Antonio Casaus a sus superiores, alertando una y otra vez sobre el alto riesgo de la operación, y que cayeron en saco roto). Yo lo tenía muy fácil. A mí no me llegaron esos correos ni me dijeron nada, por lo que era imposible que me pasara nada. ¿Y por qué no me enteraba de nada? Porque la gente lo hacía todo, que es lo mejor que te puede pasar. Yo tenía que preocuparme de los temas colaterales, de que nos citaran en tal, de política alimentaria… ¿Pero en supervisión? Todo eso iba a la mesa de comisión ejecutiva y yo no dije que no a ni una sola propuesta de supervisión. Porque eran todas muy razonables. Era un equipo verdaderamente impresionante.

—Echando la vista atrás, ¿qué soluciones adoptaría para evitar este tipo de debacles?
—Lo explico en el libro: hay que pasar del sistema actualde dinero frágil —los depósitos bancarios— a uno de dinero público seguro, emitido por los bancos centrales. Si seguimos usando como dinero unos activos con riesgo, seguirán produciéndose crisis bancarias y habrá que inyectar dinero público para salvarlos.

Y antes de dar por zanjado el tema recuerda una anécdota que le ocurrió en Bruselas, cuando en 2012 dejó su cargo como gobernador del Banco de España y un altísimo ejecutivo de la Unión Europea ofreció una cena de despedida en su honor. “En medio de la velada propuso un brindis y soltó: ‘Qué raros sois los españoles’. Yo me eché a temblar. Pensé: ‘A ver por dónde sale este’. Y continuó: ‘Los que estamos aquí sabemos que el Banco de España es el mejor supervisor de Europa, el único que no ha tenido problemas con los bancos relevantes y sistémicos. Y ahora el Gobierno dice que la culpa la tiene el Banco de España”.

Miguel Ángel es hijo de un ingeniero de Caminos y un ama de casa que tuvieron 10 hijos, cinco varones y cinco mujeres. “Pensaba que éramos muchos hermanos hasta que conocí a mi mujer, que eran 13, 10 mujeres y tres varones”. A su boda, que celebraron en un bar con churros, invitaron solo a los familiares y aun así se juntaron 60. Los casó su hermano Carlos, sacerdote, en la capilla del Pilar: “Ese colegio tiene una iglesia neogótica fantástica, pero lo celebramos en una capilla muy pequeña que es donde ahora se producen las votaciones y donde ha votado (Pablo) Casado”. Los Fernández Ordóñez estudiaron en El Pilar, uno de los colegios más elitistas de Madrid, donde compartieron recreo con personalidades como Alberto Alcocer, Alberto Cortina, Juan Abelló o Juan Luis Cebrián, exdirector de El País. “En el último curso él dirigía Soy Pilarista, el periódico del colegio. Cuando llegó mi turno, los curas me lo ofrecieron a mí, pero lo rechacé. No me interesa ser número uno, porque estás muy expuesto. Yo siempre he sido el segundo. He visto la vida de algunos ministros muy destrozada por la responsabilidad, la presión y la opinión pública. El puesto de secretario de Estado te permite estar en todo, pero puedes ir por la calle”. Su trayectoria de “segundón” podría hacer sombra a la de cualquier número uno: secretario de Estado de Economía y de Comercio con Felipe González, director ejecutivo del Fondo Monetario Internacional, presidente del Tribunal de Defensa de la Competencia, secretario de Estado de Hacienda y presupuestos en el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero y gobernador del Banco de España. De los años 80 atesora sus mejores recuerdos: “Siendo secretario de Estado de Comercio vino una delegación china de visita y mi gente del Ministerio los llevó a El Corte Inglés. Se quedaban fascinados. Luego, durante un almuerzo, la secretaria de Estado china hizo un brindis en mi honor: ‘He estado en El Corte Inglés y es impresionante cómo funciona”. No se le pasaba por la cabeza que El Corte Inglés fuese una empresa autónoma sin injerencia del Estado”.

Fernández Ordóñez no ha sido el único político de su familia. Mucho antes que él, su hermano mayor, Paco Ordóñez, fue ministro de Hacienda y Justicia con Adolfo Suárez y ocupó la cartera de Exteriores con Felipe González. Aunque el destino de Miguel Ángel era estudiar Medicina, fue su hermano Paco quien lo animó a estudiar Derecho, además de Economía. “Se lo agradezco enormemente porque el Derecho es lo más formativo para entender la sociedad. Y a mí lo que me gusta es hacer políticas para mejorar la vida de la gente”. Aunque empezó en la Federación de Partidos Socialistas —“Hacíamos manifestaciones en las que gritábamos: ‘Libertad, amnistía y Estatuto de Autonomía’. Fíjate, en Madrid, estatuto de autonomía… Sonaba a chino”—, su partido terminó fusionándose con el PSOE, formación en la que militó hasta el año 2000, cuando se dio de baja para convertirse en periodista. “Quería mantener mi independencia”, apunta. Durante los cuatro años siguientes —y antes de volver a la política—, escribía una columna económica quincenal en El País, tenía un programa en la SER, Hora 25 de los Negocios, y aparecía en un espacio semanal en la cadena CNN+, Economía a fondo, que elaboraba junto a Emilio Ontiveros, catedrático de Estructura Económica: “Yo estaba encantado porque lo veía gente muy distinguida. Una vez se me acercó la reina (Sofía) y me dijo: ‘Todos los viernes veo su programa”.

Más allá de los bancos, el mercado yla socialdemocracia otra de las grandes (pre)ocupaciones de este jubilado inquieto es la independencia de Cataluña. “Es el problema más importante que tenemos. Por eso le dedico más tiempo que a los bancos”. Y como prueba, la cadena que está sintonizada en la enorme televisión de su despacho: TV3. “La veo constantemente. Evidentemente, es sectaria, pero siempre he aprendido mucho de la gente que piensa lo contrario. Cuando estaba en el Gobierno, escuchaba la COPE. Eso entre los socialistas era una cosa que no se podía entender”. Su análisis es tan intelectual como pragmático: “El reparto del poder evita las asfixias y es una de las claves de la democracia liberal. Los independentistas quieren hacer lo mismo que los de la derecha extrema nacionalista española: unir el estado con la autonomía, pero para quedárselo ellos. En definitiva: quieren concentrar el poder. Y eso es muy peligroso. Por eso estoy absolutamente en contra de la independencia”. Su espíritu anticentralista lo unió, en su juventud, a uno de los grandes políticos del siglo pasado: el catalán Ernest Lluch, asesinado por ETA en el año 2000. Con él militó en la Federación de Partidos Socialistas y más tarde en el PSOE y trabajaron juntos en el Gobierno de Felipe González, donde Lluch ejerció de ministro de Sanidad. “Era un nacionalista tremendo, pero no llegó a defender la independencia”, asegura. “Teníamos una amistad enorme. Además de muchas cualidades, era uno de los conversadores más geniales que existían, un tío con una gracia enorme, con una cultura vastísima. Para mí fue tremendo lo que le hicieron esos salvajes”.

A pesar de las fricciones entre la vieja guardia socialista y Pedro Sánchez, Fernández Ordóñez contempla con escasa preocupación al Gobierno actual y alaba con entusiasmo a la ministra de Economía, Nadia Calviño. “Tiene una imagen estupenda en Europa y un currículum fantástico. Me parece positivo el juicio de los mercados, los bancos de inversión extranjeros, que no tendrían ningún problema en manifestar lo contrario, han dicho sin mostrar mayor preocupación: ‘Vamos a ver qué hacen”. Tampoco le preocupa Unidas Podemos. “Serán muy de izquierdas, pero no veo que nadie intente cargarse la democracia o diga nada que atente contra las reglas de las democracias liberales o el denostado régimen del 78. Se parecen bastante a lo que era un partido socialdemócrata hace 30 años, aunque en temas económicos puedan equivocarse. En España también hay una derecha falta de liberalismo económico”, comenta.

La mañana toca a su fin y el reloj marca la hora de comer. Hace un rato que su esposa ha llegado a casa, por donde se mueve sigilosa. Antes de despedirnos queremos saber cómo se distribuyen las tareas en un hogar feminista. Y descubrimos una faceta oculta de este segundón con alma de rebelde. “Me encanta cocinar”, confiesa. ¿Alguna especialidad? “Los currys y la sopa tailandesa. Una delicia. Si queréis os doy la receta”. 

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