Giorgio Armani, el arte de ser

Que Giorgio Armani te conceda una entrevista es tan difícil como obtener una audiencia con la Reina de Inglaterra. Y no es una exageración. El icono italiano, dueño y señor de un imperio valorado por la revista Forbes en unos nueve mil millones de euros, muy rara vez habla con periodistas. Hoy ha hecho una breve y, para esta periodista, emocionante excepción.

Resulta extraño recorrer libremente su palazzo milanés acompañada de su traductora, mano derecha y mujer de confianza, Anoushka Borghesi, mientras Giorgio termina su desayuno. Pero cualquier esperanza de acceder a su (muy) privada vida personal se desvanece al instante. A mi alrededor apenas hay efectos personales y la casa se parece más a un hotel de lujo que a un hogar. Todo huele divinamente (al divino Armani) y los sofás están perfectamente mullidos.

El personal de servicio, al que no ves, aparece y desaparece como si brotara de rincones ocultos de la casa. Y la verdad es que, para ser alguien que hace ropa cuya elegancia se basa en la discreción, he de decir que tiene una tele de plasma de proporciones escandalosas. En algunas superficies hay figuritas de animales, desde panteras a reptiles. Algo que no es del todo sorprendente, ya que en su segunda residencia, a una hora de aquí, tiene un zoo privado.

Hombre y marca

En Milán, por si hay alguna duda de quién es el verdadero rey de la ciudad, hasta el hangar del aeropuerto de Linate luce un logo gigante de Armani. Ha llegado a tener más influencia que cualquier político o estrella del fútbol. Tiene 85 años pero, más allá de haber pasado por una dura hepatitis en 2009, está en plena forma, con un brillo permanente en los ojos y una recia cabellera blanca. Se ejercita regularmente y sigue una estricta dieta (preparada por un chef personal) que, dice, prefiere tomarse a solas.

A pesar de su corta estatura, mientras baja lentamente las escaleras para unirse a nosotras, queda claro que Armani es el macho alfa de la casa. Hay pocos diseñadores que estén tan identificados como él con su propia marca. Sin accionistas a los que rendir cuentas, a principios de año agregó, a sus ya existentes títulos de presidente y director ejecutivo de su imperio, el de gerente general. Así que no hay dudas de quién manda y tiene todos los poderes para controlar su negocio exactamente como quiere.

El reto

En estos momentos, son apenas las nueve de la mañana y, por lo que se ve, ya ha estado dando instrucciones con alarmante intensidad. Su dedicado equipo, que parece crecer minuto a minuto, se pone en acción de inmediato, como si la palabra “no” fuera anatema en sus cuarteles. Lo que queda claro es que al diseñador no le sobra tiempo: pronto tendrá que dar una rueda de prensa y luego, esta misma tarde, preparar el primer pase de la nueva colección. Pero a Armani le encanta la acción e insiste en que es la hiperactividad lo que le mantiene vivo. “Mi lugar favorito, donde realmente me siento feliz, es mi oficina. Es allí donde me inspiro, donde tengo las visiones que luego serán algo real y tangible. Es una sensación increíble para mí, que me llena de energía”, reconoce.

Hice de la sencillez sofisticada una poderosa herramienta de estilo. Es mi verdadero logro, y por lo que quiero ser recordado en la historia de la moda”.

Su “uniforme” habitual en la oficina son una zapatillas blancas y pantalones y jersey de cashmere azul marino. Pero hoy luce una holgada chaqueta (también de cashmere) cortada en ese estilo que puso tan de moda con el vestuario de Richard Gere en la película American Gigolo, en 1980. Cuando, si querías un traje elegante pero a la vez relajado, acudías a Armani. “Hice de la sencillez sofisticada una poderosa herramienta de estilo. Ese es mi verdadero logro. Y es por lo que quiero ser recordado en la historia de la moda”.

Pacientemente, Armani recorre conmigo sus dominios y me va señalando algunos de sus objetos favoritos. Las luces son tenues y los suelos oscuros. No hay fotos personales salvo una en la que aparece él mismo con sus hermanos, Sergio y Rossana, y su madre, María. “Era una estilista -me cuenta-. No tenía mucho dinero, pero fíjate en lo modernos que nos vestía”. También hay un dibujo de Matisse que le regaló Eric Clapton. “Me encanta Eric. Moltissimo. Es el más grande”. Pasamos por su sala de cine, con sus elegantes butacas reclinables y una extensa biblioteca organizada por materias. Algunas piezas decorativas que ha ido recolectando en sus viajes a Oriente están dispersas por la sala. Aunque sus posesiones más valiosas son sus dos gatos, Ángel y Mari, y un mirlo hablador, Merlino.

En su habitación hay además un enorme gorila, parte del atrezo descartado de Cinecittà, los célebres estudios de cine romanos. Le pregunto por la enorme tele que he visto antes. “Al final del día me gusta tomarme un tiempo para mí mismo, solo para pensar. Normalmente tomo una cena sencilla en casa y luego me relajo frente a la tele, viendo una buena película o alguna serie. Veo cualquier cosa relacionada con la realeza. Es una obsesión. Acabo de terminar Catalina la Grande, con Helen Mirren”. Entonces, obviamente, hablamos de The Crown. “Es que Isabel II es una institución en sí misma y todo el mundo la conoce, pero realmente no hay forma de acercarse a ella. La serie es la única forma que tenemos de imaginar cómo puede ser su vida. La gente siempre está buscando mitos”. ¿Vistió alguna vez a Lady Di? “Sí, le encantaban nuestras chaquetas”.

Las mujeres devotas de Armani son legión. Ha sido diseñador de Kate Winslet, Julia Roberts, Cate Blanchett y muchas más, y ha sabido aprovechar el poder de las celebridades mucho antes de que los contratos multimillonarios con “embajadoras” fueran la norma.

Cate Blanchet, Giorgio Armani, Julia Roberts, Tom Cruise y Roberta Armani en Londres, celebrando el reconocimiento del British Fashion Council.

El aliado

La actriz Kristin Scott Thomas, que conoció al diseñador en 2003 y es una gran admiradora suya, recuerda que “fue uno de los primeros en usar actores en sus campañas. Yo he ido reuniendo piezas suyas de varias colecciones y las he usado durante los últimos 18 años”. Y Kate Winslet cuenta algo parecido: “Odio la idea de usar un vestido solo una vez, y los de Armani no envejecen. De hecho, mi hija les tiene echado el ojo a un par de ellos, así que supongo que podrá usarlos algún día -afirma-. Pisar una alfombra roja es genial, pero siempre te genera un poco de ansiedad, aún después de tantos años. Pero si llevo un vestido de Armani siento que estoy lista para cualquier cosa. Sus vestidos te empoderan”.

El ritmo de las colecciones se ha vuelto, vertiginoso. Pero nunca olvido que estamos aquí para vestir a personas con algo auténtico, útil y hermoso”.

A principios de este mes, Armani recibió un premio especial a toda su trayectoria en los Premios de la Moda del British Fashion Council. En la gala, el diseñador fue arropado por estrellas como Cate Blanchet y Julia Roberts. A pesar de ello, y siendo una persona más bien solitaria, Armani admite que no se siente cómodo en actos de este tipo. “Casi no salgo por las noches, así que en eventos como ese me dan la oportunidad de demostrar lo buen actor que soy -dice con ironía-. Pero si pudiera, los evitaría. Preferiría quedarme en casa, con mis bocetos y mis costureras: mi verdadera vida”.

Durante años, cierta crítica -siempre en busca de tendencias– ha sido reacia a su estilo. Se ha dicho que sus colecciones no son lo suficientemente actuales y se le ha acusado de inmovilista. A pesar de ello, Armani sigue sin usar estilistas o expertos externos. Por eso, el hecho de ser finalmente reconocido por una industria como la inglesa es particularmente significativo para él. “Ha sido importante porque el mundo de la moda británica es muy particular, muy diferente”.

Armani admite que se enamoró de la moda casi por accidente: tras empezar a estudiar Medicina, consiguió un trabajo de escaparatista y luego de “comprador” de ropa masculina. “Me metí en esto porque quería vestir a personas reales y satisfacer sus necesidades, pero no vengo de este entorno”, dice.

En 1975 fundó su marca, animado por su compañero en la vida y el trabajo, Sergio Galeotti (que murió en 1985). En 1981, lanzó la etiqueta Emporio Armani y poco después, en 1984, sacó sus primeras fragancias. A día de hoy, se vende un frasco de Acqua di Gio por minuto.

El magnate

En 2000, teniendo como socio comercial nada menos que a Robert de Niro, importó a Italia el famoso restaurante Nobu. De la alta costura hasta la hostelería, el imperio Armani incluye ahora hoteles, clubes nocturnos, cosméticos y joyería. Pero la moda sigue siendo su primer amor.”La moda sigue siendo el centro de todo. Es estimulante y cada seis meses tienes que hacer algo nuevo. Te mantiene vivo. Pero admito que hoy existo en un entorno completamente distinto al de mis inicios. El ritmo se ha vuelto cada vez más vertiginoso; como diseñadores nos vemos obligados a “servir” productos a un ritmo alarmante y eso es algo que no termina de gustarme. Por mi parte, nunca olvido que estamos aquí para vestir a las personas con algo auténtico, útil y hermoso”.

El emporio

El Grupo Giorgio Armani emplea actualmente a 8.000 personas en todo el mundo y tiene más de 12.000 puntos de venta: el tamaño de su marca, creada alrededor de una sola persona, es enorme. El elefante en la sala sigue siendo la pregunta de quién sucederá al propio Armani. Hace mucho que se rumorea acerca de un plan para heredar su imperio. Sin hijos ni pareja conocida (su vida privada nunca ha visto la luz), la familia más cercana del diseñador es su hermana, Rosanna, y el hijo de esta, Andrea Camerana, además de sus dos sobrinas, Roberta y Silvana, hijas de su difunto hermano Sergio.

Varias horas después de nuestro recorrido por su palazzo, encuentro a Armani detrás del escenario, antes del desfile de su última colección. Siempre perfeccionista, examina cada modelo y hace los ajustes necesarios. Nunca alza la voz, pero sus ojos exactos parpadean mucho cuando ve algo que no le gusta. Cerca de allí, Pantaleo Dell’Orco, uno de sus confidentes durante los últimos 20 años, ve un partido de baloncesto en su portátil. Más tarde, se sientan juntos en la cena, donde Armani mordisqueará un crujiente trozo de pan (ni siquiera él es inmune al placer de los carbohidratos), antes de darle la mano a sus seguidores y excusarse.

La colección presentada fue una clase magistral de estilo Armani: elegantes trajes de noche con un toque especial. Una oda a los trajes en realidad, con pantalones de terciopelo negrísimos y chaquetas de esmoquin perfectamente recortadas.

Cuando hace la última reverencia ante la estruendosa ovación, Armani muestra la primera sonrisa auténtica del día. Su rostro, generalmente severo, revela entonces su aspecto más relajado y es inevitable deducir que este es realmente su lugar feliz. Los fans hacen cola para sacarse fotos con él. “Puede que sea un poco presuntuoso decirlo -dice encogiéndose de hombros, cuando alguien le pregunta si se considera el padrino de la moda italiana-, pero sí, tal vez lo soy”.

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