Dos películas para entender lo difícil que es dar a luz (y muchas cosas más)

Es muy difícil matar a una persona. Por mucho que Tarantino y los true crimes televisivos nos aseguren lo contrario. Para demostrarlo, Hitchcock metió en Cortina rasgada una escena en la que entre dos buenos se pasan una eternidad matando a un malo, que ni a sartenazos, ni a golpes de pala, con un cuchillo hundido en la base del cuello y la cabeza metida en un horno se decide a doblar la servilleta. Pues ahora tenemos en Netflix una película, Fragmentos de una mujer, de Kornél Mundruczó, que se abre con una secuencia urdida solo para demostrar que lo difícil no es llevarse una vida sino traerla a este mundo.

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Durante sus buenos veinte minutos, la protagonista –Vanessa Kirby, en cabeza de carrera del próximo Óscar– las pasa canutas para dar a luz, y encima la cosa no sale bien. Al espectador, que sufre casi tanto como ella, le compensa por admirar el armatoste técnico, un complicadísimo plano secuencia con cámara móvil, acción trepidante, actores que entran y salen y corazones al borde de la isquemia.

En realidad la principal función de esa escena es informarnos desde el principio que estamos ante una Película de Autor Certificada. Mundruczó, que es muy astuto, reúne varios de los signos externos que suelen caracterizar ese tipo de cine, el que hacen Haneke o Lars Von Trier, por dar nombres. Hay una gravedad en el tono, unos planos muy compuestos, unas interpretaciones de intensidad reconcentrada y un subrayado de las metáforas, pero como los aplica a un melodrama algo rancio no consigue disimular que lo que nos está sirviendo es material de derribo. Por lo menos hay que reconocerle que deja bien clarita la lección de que habría que pensárselo dos veces antes de intentar ser madre (o padre, pero madre más).

Fragmentos de una mujer es al buen cine de autor lo mismo que la Lola Flores del anuncio a la Lola Flores real. Me explico: se han discutido los fundamentos éticos de una operación publicitaria que resucita a nuestra folklórica más querida con el único fin de vender unos cuantos millones de cervezas más, pero personalmente lo que me chirría del asunto es que nos presente una Lola imposible, dotada de la increíble estructura ósea de sus 60 años pero con la tersura en el cutis de los 30 recién cumplidos. Fue con el tiempo como ella se ganó de verdad el título de Faraona: en sus últimas dos o tres décadas de vida había adquirido esa belleza atemporal y ese porte que la hacía parecer una reina del Imperio Nuevo esculpida en basalto, pero a cambio se le veían marcas en el chasis. Lo de ahora es un poco como cuando los restauradores del siglo XIX cogían unas ruinas medievales y las convertían en un pedazo de catedral toda nueva, con sus nervaduras y sus gárgolas y sus pináculos, y te decían que no tenían ni idea de qué pinta tuvo aquello en 1210, pero que así es como debería haber sido, y todos a callar. Podríamos entonces hablar de la Lola Notre Dame o, mejor aún, la Notre Dame des Flores, y aprovechamos para hacer un homenaje a Jean Genet, que eso nunca sobra.

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Acaba de estrenarse otra película sobre embarazos y nacimientos que pese a su modestia en la forma tiene un fondo de lo más faraónico. Por auténtico, se entiende. Se llama Enorme, la ha dirigido Sophie Letourneur, y podemos verla hasta el 15 de febrero a través de Filmin, como parte de la selección del MyFrenchFilmFestival 2021. Enorme viene a ser el reverso de Fragmentos de una mujer, porque es una comedia, que ya sabemos que es lo último que tiene que hacer un director (directora en este caso) si quiere que le tomen en serio. Pero ocurre que mientras la veía muy pocas veces paré de reírme, y con el panorama que tenemos eso me parece lo más serio que puede haber. También son muy serios los temas que trata: está ahí la maternidad, y la distribución de los roles de pareja, pero también el abismo que media entre lo que queremos, lo que deseamos y lo que nos conviene, que quizá sea nuestro gran drama contemporáneo. A veces las risas que esto provoca son risas culpables, porque llegan cuando los personajes –sobre todo el protagonista que interpreta Jonathan Cohen– hacen cosas moralmente repulsivas, y ahí está la gracia en realidad. Por otra parte, el trabajo de la actriz principal, Marina Foïs, sí que merecería unos cuantos premios: cada una de sus caras de palo y sus miradas ladeadas ya es en sí misma un festival.

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Algo que tienen en común las películas de Mundruczó y Letourneur es que en ambas se produce una situación nada rara en la vida real: la de una mujer brillante que tiene a su lado a un perfecto imbécil o algo peor. Ninguno de los dos directores se molesta en desentrañar ese misterio, porque de tan consabido ni se duda que el espectador lo vaya a aceptar como hipótesis de partida. Seguro que la gran Lola ya lo tenía en mente cuando le dijo a una colega suya aquello de “ojalá que llores por todos y cada uno de los hombres que ames”. A ver si lo que pasa es que a la Faraona se le fue de madre la maldición, y así estamos ahora.

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