Don DeLillo imagina un mundo donde la energía es historia

Obsesionado como está desde hace un tiempo con el futuro y, desde la imprescindible Ruido de fondo, con el fin del mundo, Don DeLillo se preguntó qué pieza de nuestro presente podía faltarle al futuro para hacerlo completamente inhabitable. Y uno de los pocos clásicos vivos de la literatura norteamericana se respondió que, sin duda, debía ser la energía. A pocos días de desatarse la pandemia, y descubrir que el futuro tenía un enemigo invisible, puso el punto y final a El silencio (Seix Barral), la historia de una pareja, Jim y Tessa, que solo quiere llegar a tiempo a casa de unos amigos para ver la Super Bowl y, en el trayecto, descubre que el mundo tal y como lo habían conocido ha muerto. No era un trayecto corto. Tessa y Jim estaban en París. Volaron hasta Nueva York sin problema, pero durante una maniobra de aterrizaje el avión tuvo un pequeño accidente y cuando lograron salir de él, todos a salvo, se dieron cuenta de que sus teléfonos no funcionaban.

¿Y por qué estaba la terminal a oscuras? ¿Y a qué venía tanto silencio? La pareja consigue llegar a casa de sus amigos y una vez allí, con el mundo detenido, intentan hacerse a la idea de lo que les espera. Un mundo en el que avanzar a tientas y en el que, a falta de noticias del exterior, lo más cercano es lo único que importa. Cualquier parecido con la nueva normalidad es pura o visionaria coincidencia. Porque, como ocurre cada vez más a menudo en la literatura distópica, el futuro sin futuro está aquí mismo, puesto que la historia se desarrolla en 2022. ¿Y qué lo puso en marcha todo? Una imagen. “Pensé en las calles de Manhattan vacías. En el silencio extendiéndose mientras escribía”, ha dicho el autor, que reimagina así, en plena crisis sanitaria mundial, al ser humano volviendo a sus orígenes.


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