De Tiffany Trump a Tamara Falcó: por qué la ingeniudad triunfa más que nunca

Cuando escuchamos a Paris Hilton confesar en el documental This is Paris que se hace la tonta para lograr todo lo que quiere, descubrimos dos cosas. La primera, que es una gran actriz. La segunda, que lo que realmente incomoda a la sociedad de las llamadas bimbos, término que se refiere a las mujeres atractivas e ingenuas a las que se les presupone una inteligencia limitada, es que en realidad se han aprovechado del magnetismo de su físico para hacer lo que les viene en gana. Desde Los caballeros las prefieren rubias hasta Una rubia muy legal, el cine ha alimentado el mito de que las mujeres atractivas y con melena oxigenada no son nunca las más avispadas, un estereotipo que proviene de la obra de teatro francesa de 1775 Les curiosités de la Foire.

Sin embargo, hoy las bimbos se exhiben en redes sociales y se reapropian del apodo. Incluso existen en YouTube vídeos para convertirse en una bimbo mediante la hipnosis. “No se basa en tu aspecto ni en tu sexualidad, sino en la diversión de sentirte tonto”, explican los responsables del vídeo. Orgullosas de su sexualidad y de su belleza, exhiben esa inocencia e ingenuidad aprendidas, y de las que la cultura pop siempre se ha burlado, para beneficiarse de una sociedad que cree estar burlándose de ellas cuando, en realidad, es al revés. Este mundo descreído se derrite ante la ingenuidad y la aparente simplicidad de las bimbos new age que, tras haber desvelado Paris Hilton su secreto, se revelan quizás no como las más inteligentes, pero sí como las más listas.

El fenómeno Tamara Falcó, nuestra bimbo patria que demuestra que tampoco hacen falta las mechas doradas para serlo, se debe precisamente a lo seductora que su ingenuidad resulta. Incluso que se salte las restricciones se disculpa como muestra de humanidad, cuando con el resto de personajes públicos “la policía de balcón del coronavirus” es mucho más tajante. Que Ellen DeGeneres diga que su mansión es una cárcel resulta odioso; que Tamara vaya a cenar a La Moraleja y asegure no haberse enterado del confinamiento, es disculpable. ¿La razón? Como asegura Lili Loofbourow en el ensayo El mito del hombre inepto, “ser incompetente es menos perjudicial que ser malvado”. La hija de Isabel Preysler habita en su propia fantasía, que refuerza con un lenguaje y una voz que, si antes fueron molestos, ahora se perciben como adorables. Hay algo reconfortante en aquellos personajes a los que les define su falta de complejidad. Ante el yugo de la sobreinformación, ver a personas ajenas a preocupaciones y conflictos es un soplo de aire fresco, un puente aéreo hacia la dicha.

Nuestras bimbos favoritas:

  • ANA OBREGÓN: Cuando Mariló Montero le preguntó su edad mental en una entrevista, dejó claro no haberse dado cuenta de que nuestra bióloga preferida no solo es experta en enfundarse en vestidos imposibles, sino en interpretar un personaje que emplea como escudo.
  • CHRISTINE QUINN: La estrella del reality Selling Sunset tiene el exterior (y el armario) de una Barbie, pero tras su larguísima melena rubia y sus interminables tacones se esconde una mujer de negocios que se hace la tonta tan bien como posa.
  • CARRIE SYMONDS: La activista ambiental y prometida de Boris Johnson fue vilmente catalogada como bimbo por los tabloides británicos. El giro de guión es que ahora hablan de ella como Lady Macbeth. ¿Lo mejor de que el mundo crea que eres una cabeza hueca? Que cuando no lo eres, puedes llegar a donde quieras, y Carrie lo está haciendo.
  • TIFFANY TRUMP: Aunque la menos mediática de los Trump es capaz de romper internet con sus discursos, que se convierten en objeto de mofa de sus detractores, no dejes que su imagen te engañe: tiene tres carreras y es la primera abogada de la familia.
  • PAMELA ANDERSON: Reconoce sentirse cómoda interpretando el papel de la rubia bobalicona, pero la actriz y activista, a la que Vivienne Westwood se refiere como “una superwoman”, ha demostrado ser, como decía Marilyn Monroe, una castaña muy inteligente capaz de hacernos creer que es una descerebrada platino.

Al fin y al cabo, como señalaba Kant en Fundamentación de la metafísica de las costumbres, “cuanto más se preocupa una razón cultivada del propósito de gozar de la vida y alcanzar la felicidad, tanto más se aleja el hombre de la verdadera satisfacción”. La clave de las nuevas bimbos es que ensayan su inocencia y se adueñan del (des)conocimiento para disfrutar, algo envidiable para quien vive entre los límites de la realidad, digiriendo demasiadas malas noticias y se preocupa más por la materia gris que por el tono Ultimate Grey del Pantone.

Marilyn Monroe, que aseguraba que había que ser “una castaña muy inteligente para hacerse la rubia tonta”, prefirió interpretar toda su vida ese papel para intentar ser feliz. “Estoy descubriendo que la sinceridad y ser sencilla y directa, como (posiblemente) me gustaría, se suele tomar por mera estupidez, pero como este no es un mundo sincero es muy probable que ser sincero sea estúpido”, dijo. Mientras creemos que Tamara Falcó es una mujer ingenua que dice lo primero que se le pasa por la cabeza, quizás en realidad haya aprendido que interpretar ese papel es su pasaporte para acceder a la vida de los adultos sin tener que acatar sus normas. Como indica una de las sesiones de hipnosis con las que vaciar del todo esa olla a presión que tenemos sobre los hombros, el fin de ser ingenua es “disfrutar de la felicidad que aporta estar rodeado de gente inteligente y de lo divertido que puede resultar ser el tonto del grupo, que se encargará de cuidarte”. Si eso no es una jugada maestra, que bajen Marilyn o Kaspárov y lo vean.

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