Todos los detalles y significados ocultos que no vimos en el vestido de novia de doña Letizia en su boda con el Príncipe Felipe hace 17 años

Se cumplen 17 años de la boda del Príncipe Felipe y Letizia Ortiz. Aquel sábado 22 de mayo de 2004, a las 11.14 de la mañana, la periodista llamada a convertirse en Reina entraba a la Catedral de la Almudena radiante del brazo de su padre, Jesús Ortiz, y ni el cielo plomizo ni la intensa lluvia que arrecieraron sobre Madrid esa mañana fueron capaces de desmerecer el look de una novia que sabía que haría historia gracias a un impresionante vestido de Pertegaz que ha superado con matrícula de honor el paso (y el peso) de los años.

Uno de los ejercicios que toda novia debería hacer antes de elegir su vestido es el de subir a la máquina del tiempo y mirar las fotos de su boda 20 años después. ¿Seguiría eligiendo el mismo look? ¿Me reconozco en aquellas imágenes? ¿Me disfracé de novia en vez de vestirme de novia? Sin duda, el diseño que ideó Manuel Pertegaz para doña Letizia estaba llamado a perdurar en el tiempo, y el decano de los modistos españoles y maestro de la alta costura puso el broche de oro a su carrera con un vestido que es y que ha hecho historia.

Aconsejada por la Reina Sofía, doña Letizia se puso en manos del maestro (aseguró años después en ABC que la periodista le dio plena libertad creativa) y juntos decidieron en su atelier de Barcelona (al que la entonces periodista viajó hasta una docena de veces) que las características principales serían la sencillez y, precisamente, un diseño capaz de perdurar intachable en el tiempo. Eso y, como ocurrió con el inolvidable vestido rojo de Caprile en la boda de Federico de Dinamarca y Mery Donaldson, que todos los materiales empleados en la confección del vestido serían españoles: las sedas, del valenciano Rafael Catalá; los hilos de oro, de un taller en Tarrasa.

El resultado fue un vestido majestuoso y regio, pero sencillo y sin extravagancias; atemporal , pero inolvidable. Elaborado en seda natural color blanco roto, Pertegaz se inspiró en la clásica silueta princesa para vestir a una mujer que, diez años después, se convertiría en Reina. Con cuerpo ceñido y manga larga, el detalle más característico que marcaba la diferencia era el cuello chimenea con escote en uve bordado a dos caras que estilizaba aún más la silueta de doña Letizia. El modista cobró 6.000 euros por el vestido, un precio ‘simbólico’, si atendemos a los 45.000 euros en los que fue valorado por los expertos en aquel momento.

Eso, y los bordados en hilo de plata y de oro patinado cargados de significado que decoraban ese cuello tan inolvidable, pero también el bajo de la falda, la cola de 4.5 metros y el velo de organza: la flor de lis, emblema de los Borbones, tanto en versión vegetal como heráldica; la espiga de trigo, que simboliza esperanza y abundancia; tréboles que, además de buena suerte, representan el amor y el respeto; y madroños, el árbol de la ciudad de Madrid.

Además de los bordados de su vestido, la simbología estuvo muy presente en otros detalles del look de doña Letizia aquel 22 de abril.La futura Reina lució la Tiara Prusiana, la misma que doña Sofía llevó en 1962 en su boda en Atenas con don Juan Carlos de Borbón, una joya realizada en platino, diamantes y un brillante en forma de lágrima que evoca las columnas del Partenón y las hojas de laurel con las que se coronaba a los campeones olímpicos. Fue un regalo de Guillermo II de Prusia (de ahí, su nombre) a su hija Victoria Luisa, abuela de la Reina Sofía. Doña Letizia llevó como pendientes unos aretes de platino con diamantes talla pera engarzados, regalo de los Eméritos; su alianza de boda y su anillo de pedida, un diseño de Suárez de oro blanco brillantes baguette. En la actualidad, la Reina Letizia no lleva ya ninguna de estas dos sortijas.

Por último, el ramo que eligió la novia, de tipo cascada (y quizá demasiado grande), también estaba pensado con mimo y al detalle e incluía rosas isabelinas, de la variedad véndela; lirios, flores que están ligadas históricamente a la dinastía de los Borbones; la flor del manzano, en claro homenaje al Principado de Asturias; y, finalmente, la flor de azahar, en tributo a la Condesa de Barcelona y doña María de las Mercedes de Orleáns y Borbón.


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