Playas privadas, reserva natural y fiestas legendarias: Isla de Cavallo, el paraíso estival donde Carolina de Mónaco se enamoró de Stefano Casiraghi

Con tejanos cortos, camisa estampada y gafas de pasta: así se ha visto esta semana a Carolina de Mónaco paseando por las calles de Córcega. Cazada por la edición argentina de la revista Hola, la hija mayor de Grace y Rainiero llevaba también la aún reglamentaria mascarilla, rosa en su caso, colgando de su brazo izquierdo. El pelo, más oscuro que últimamente, y sin lascanas que tanto le han aplaudido a pesar de que el símbolo que hace a una princesa poderosa es la corona: la semiótica de las canas la sostiene mejor Jane Fonda.

En la foto, la princesa iba de tiendas, lo que hace pensar que se encontraba alejada de donde se aloja, pues en ese enclave no hay comercios. Se trata de una de las joyas más cuidadas del Mediterráneo, donde tiene mansión desde hace años: la isla de Cavallo. Se trata del único archipiélago habitado de las conocidas como Islas Lavezzi, ubicadas en el Estrecho de Bonifacio, entre Córcega y Cerdeña, y pertenecen a Francia aunque en el pasado fueron italianas. Hace años que la royal veranea en una casa conocida como Villa Carolina, de la que una web de alquiler vacacional explica que está construida "en un tipo de piedra gris que contrasta con las rocas rosadas propias de la zona y está rodeada de maquis", la vegetación que más abunda en una isla cuya extensión no alcanza el kilómetro cuadrado.

No hay ninguna foto de Carolina o sus hijos en ese enclave a pesar de que los Grimaldi han pasado allí muchos veranos. La ausencia de imágenes tiene su origen en que la fauna de la isla está tan protegida –es reserva natural desde 1981–, como sus habitantes, a quienes cubre de las miradas ajenas un nutrido grupo de gendarmes franceses. Para proteger a humanos y entorno, hay zonas donde ni siquiera pueden acercarse los barcos, medio de transporte que poseen casi todos los isleños, lo que permite que las aguas sigan siendo cristalinas y la arena se mantenga del color blanco que siempre ha sido marca de la zona.

Estreno con Junot

Con un kilómetro y medio de playa privada, no hay comercios y solo hay un hotel construido en la etapa en que pasó a llamarse "la isla de los millonarios". Carolina era una niña cuando eso ocurrió,1967, año en que el empresario de la noche y relaciones públicas Jean Castel compró la isla. Uno de los invitados fijos de las fiestas que organizó en esa tierra casi virgen fue Philip Junot, quien años después le enseñaría por primera vez la isla a Carolina.

Castel era a su vez el propietario del local parisino donde bailaban los chicos y las chicas bien de París y donde se conoció la pareja, para disgusto del príncipe Rainiero, en 1977.Castel, ex jugador de rugby y una figura clave de la vida nocturna y canalla parisina entre los años 60 y 80, convirtió la isla en una alternativa vacacional para los cachorros de la jet set, "hartos de veranear cada año en Saint Tropez", como afirma una crónica de la época publicada en Le Monde en 1981.

Toda la protección que hoy tienen por ley el aire, el mar y la tierra de isla de Cavallo no existía entonces y por eso Castel pudo empezar a construir sin tener permisos. Elevó 10 casas, el hotel y una pequeña pista de aterrizaje para jets privados cuya fiesta de inauguración reunió a 600 personas y 3.000 botellas de Dom Perignon. De ese evento, como de todos los que casi cada día de verano celebraba Castel en isla de Cavallo se conocen algunos datos, pero no los nombres de quienes acudían pues Junot era invitado fijo en todas las fiestas, pero no los periodistas.Y ese fue el principal reclamo, no tanto las aguas cristalinas y las arenas blancas, que atrajo a la juventud gala y pudiente: un lugar que los mantenía lejos de la vista de sus padres… y de la prensa.

Así, Castel convirtió Cavallo en la "isla de los millonarios", un nombre que le sigue yendo como anillo al dedo, pues siguen yendo Carolina, sus hijos y ahora también sus nietos, pero también el propietario que más veces ha roto la paz de ese paraíso: Victor Manuel de Saboya. En esa apacible isla, el hijo del rey italiano Humberto IImató a un turista alemán llamado Dirk Hamer. Según la versión que mantuvo durante años, tras un cabreo disparó dos veces al aire y le dio accidentalmente al chico de 19 años. Tardó años en sentarse en el banquillo, del que salió absuelto por falta de pruebas en 2006. Pero en una de sus habituales astracanadas, él mismo se encargó de inculparse en 2011. Fue durante su estancia en prisión acusado de asociación ilícita, corrupción y explotación de la prostitución dentro de una organización de juegos de azar que incluía conexiones con la mafia siciliana. Fue absuelto también de esa causa, pero en sus días en la cárcel confraternizó con otros presos que lo grabaron en un vídeo donde el príncipe de Nápoles se jactaba de haber engañado al tribunal francés que absolvió del asesinato de Hamer.

Aquel disparo tuvo consecuencias no solo para la convivencia entre vecinos en la isla: la investigación llevada a cabo en Cavallo para esclarecer los hechos acabó destapando que la mayoría de las casas estaban registradas en Liechtenstein, Liberia o Suiza, tal como informó Le Nouvel Observateur, lo que abrió otras investigaciones, estas de tipo fiscal. Los aletazos del caso, de hecho, llegan a la actualidad y hasta Villa Carolina, pues la nuera de la dueña, Beatrice Borromeo, fue quien en 2011 publicó el vídeo donde el Saboya confesaba su culpabilidad en el caso Hamer. Fue en el diario donde la hoy esposa de Pierre Casiraghi trabajaba como periodista, Il Fatto Quotidiano y el material sirvió a la hermana de la víctima para escribir un libro, Senza Delitto Castigo, donde contaba su visión de lo sucedido aquel día en la isla en la que Víctor Manuel habría disparado a Dirk Hamer a propósito tras acusarlo de haberle robado una barca.

Borromeo firmó el prefacio de aquellas páginas y abrió una guerra con Saboya, que ha dado otros problemas a la isla, que se volvió menos permisiva con sus habitantes después de que Castel la vendiera en 1975 al banco Paribas por 20 millones de francos, hoy unos 130 millones de euros.

Cuando en 1981 fue declarada reserva natural, la isla pasó a ser de titularidad pública, pero todo el cuidado que había puesto en la construcción de la mansión de Saboya el arquitecto Savin Couelle para respetar el medio ambiente, no lo tuvo Víctor Manuel. El príncipe de Nápoles construyó un amarre en la misma puerta de su casa saltándose la normativa medioambiental y robando un terreno al mar que no le pertenece.El litigio le llevó a que un juez lo multara con 150 euros diarios por cada día que pasara sin echar abajo los pontones y el camino de piedra que había construido. Pero él plantó cara y siguió el litigio, que solo paró cuando el magistrado elevó la cantidad a 500 euros por día. Ahí no acabó la cosa, pues el nombre alegó todo tipo de razones para no pagar: que no tenía dinero o que la multa le parecía desproporcionada fueron alguno de los que dio para alargar el proceso hasta nueve años en los que siguió disfrutando del puerto propio que se construyó en la puerta de su mansión.

Mucho más tranquila es la vida de uno de actuales inquilinos, Bill Gates, cuyo paso por isla de Cavallo no da ni para un murmullo. Y más amable es la historia de amor de Carolina con Stefano Casiraghi, a quien conoció en esas aguas. La leyenda cuenta que se conocieron en el verano de 1983 a bordo de un barco, quizá por eso no se ponen de acuerdo las fuentes cuando señalan Córcega o Cerdeña como el lugar en el que hicieron noche, pues la isla está entre ambos destinos.

En esos años, Carolina ya conocía isla de Cavallo, también Stefano, y allí fue donde se hicieron con la casa donde acudieron los veranos en los que ya eran una familia. Primero con su primogénito, Andrea, al que concibieron aquel mismo verano que se conocieron y quién sabe si en esa misma isla. Luego llegaron Pierre y Carlota, y al menos unos días cada estío pasaban por esa casa rodeada de maquis y rocas rosadas los Casiraghi Grimaldi.

También siguió yendo la princesa tras la muerte de Stefano en 1990 en un accidente acuático cuando la isla ya era propiedad de la mafia corsa: el capo Lillo Lauricella ya era el dueño de la Compagnie des îles Lavezzi, la empresa que explotaba Cavallo.También veraneó allí Carolina con Ernesto de Hannover, su tercer marido, y con la hija de ambos, Alejandra en unos años donde ese paraíso lo era por algo más que por su privacidad y sus aguas limpias: los motivos por los que más aparecía el islote en la prensa era por delitos relacionados con el blanqueo de capitales, la evasión de impuestos y todo tipo de problemas económicos y financieros de sus gestores o habitantes.

Pero nada de eso ha acabado con la pasión que siente Carolina por ese oasis, que ahora visita en solitario y donde se la percibe libre de cargas y ahora otra vez, sin canas.

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