La historia de amor entre Bertil de Suecia y la trabajadora de una fábrica de radios Lilian May: un romance con más de 30 años en la clandestinidad

La historia empieza en Londres, durante la II Guerra Mundial. Bertil se había trasladado hasta la capital británica como parte del cuerpo diplomático de Suecia y trabajaba en la embajada allí. Como muchos hombres jóvenes, Bertil frecuentaba un elegante club nocturno que seguía abierto, a pesar de la guerra. Se llamaba Les Ambassadeurs. Y allí fue donde el príncipe conoció a una chica galesa llamada Lillian May, que trabajaba en una fábrica de radios y ayudaba como voluntaria en un hospital que atendía a los heridos de la contienda. También intentaba abrirse paso como modelo y bailarina. Era el año 1943. El tenía 31 años y ella 28.

Él le dijo a ella, al presentarse, que era príncipe de Suecia y ella le respondió bromeando que era la Reina de Saba. No le creyó. La relación nació cargada de dificultades. Ella estaba casada con un soldado desplazado, el actor escocés Ivan Craig, y él se debía ala monarquía sueca. Su padre, el rey Gustavo Adolfo VI, y su madre, la reina Margarita de Connaught, nieta de la reina Victoria, tenían grandes planes para su matrimonio. Bertil, además, era el segundo en la línea de sucesión al trono, tras su hermano Gustavo Adolfo. Pero él pensaba en el rey Eduardo VIII y Wallis Simpson como ejemplo de una renuncia a los derechos dinásticos por amor. Su propio hermano, el príncipe Sigvard, segundo hijo de los reyes de Suecia, había renunciado a sus derechos para casarse con la joven alemana Erica María Patzek. Y Carl Johan, el hermano pequeño, también había sido desposeído de sus títulos al casarse con la periodista Elin Kerstin. Era impensable un matrimonio morganático. Y Bertil creía que él podría hacer lo mismo. Pero se equivocaba.

Al terminar la guerra, Lillian se divorció de su marido, de mutuo acuerdo. Pero el romance no pudo dar lugar a un matrimonio, porque Gustavo Adolfo, el príncipe heredero, falleció en un accidente de avión en 1947. El país se quedó sin heredero, porque el hijo del príncipe fallecido, Carlos Gustavo, solo tenía un año. Entonces el rey convenció a Bertil de que no renunciara a sus derechos dinásticos y que esperara a que Carlos Gustavo reinara, por si debía actuar como regente. El destino de los Bernadotte se salvó, mientras Bertil y Lillian vivían su romance en la sombra, esperando a poder casarse. Así pasaron 31 años. Evitaban acudir juntos a los actos oficiales, pero su relación acabó siendo un secreto a voces y un escándalo en Suecia. Bertil le aseguró que solo se casaría con ella. Lillian se instaló en Suecia definitivamente en 1957. Pero no era aceptable la convivencia sin casarse.

Gustavo Adolfo falleció finalmente en 1973 y Carlos Gustavo subió al trono. Dos años después, permitió que su tío Bertil y Lillian se convirtieran en marido y mujer, en 1976, y Lillian finalmente se convirtió en Princesa, en una boda histórica, en el palacio de Drottninghlom, sin que Bertil tuviera que renunciar a sus derechos dinásticos por deseo del Rey. Bertil tenía 64 años y Lillian 61 y la familia real al completo acudió a la ceremonia. Las cosas habían cambiado mucho en el mundo. El propio rey estaba casado con una joven alemana que no pertenecía a la realeza, Silvia Sommerlath. Gustavo Adolfo siempre había tenido una relación muy estrecha con los novios, a los que sus hijos consideraban sus abuelos. La princesa Magdalena llamó a una de sus hijas Leonore Lilian en honor a su tía abuela y el príncipe Carlos Felipe incluyó Bertil como uno de los nombres de su hijo mayor.

El príncipe Bertil murió en 1997, a los 84 años, y Lillian falleció a los 97 años, en 2013. Padecía Alzheimer. A lo largo de su vida concedieron múltiples entrevistas, mostrando sus vacaciones en la Costa Azul o su residencia de Estocolmo. Bertil aseguró toda la vida que nunca se arrepentiría de haber cedido el trono a su nieto, porque ellos estaban destinados a amarse. Lillian confesaba que todo en su vida estaba relacionado con su amor por Bertil. Le llamaba “mi guapo y encantador príncipe”. Los suecos adoraban a la pareja y soñaban con su historia de amor, que había durado 54 años.

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