Felipe de Edimburgo o el arte de saber estar a la sombra

Dicen que detrás de todo gran hombre hay una gran mujer. En su caso es precisamente al contrario. El príncipe Felipe, duque de Edimburgo, ha pasado toda una vida a la sombra de una de las mujeres más poderosas del mundo, la reina Isabel II. Ha muerto a los 99 años en el palacio de Windsor, tras haberse sometido a una operación de corazón el pasado mes de marzo.

Nació en Corfú el 10 de junio de 1921, hijo de Andrés de Grecia (quien, a su vez, era hijo de Jorge I de Grecia, rey de los helenos de 1863 a 1913) y de Alicia de Battenberg, princesa de Grecia y Dinamarca, bisnieta de la reina Victoria. En 1922, la familia real griega fue exiliada, tras la Guerra Greco-Turca. Es famoso el hecho de que Felipe, entonces un bebé, tuvo que salir del país en una caja de fruta como cuna. Un símbolo de la pobreza que marcó su infancia. Sus cuatro hermanas (Margarita, Teodora, Cecilia y Sofía de Grecia y Dinamarca, la última de las cuales murió en 2001) que se casaron con príncipes alemanes y se codearon con las altas esferas del nazismo.

Una dura infancia

Felipe de Edimburgo y su familia se exiliaron primero en Francia, en una casa a las afueras de París que les prestó su tía, María Bonaparte, princesa de Grecia y Dinamarca. Su madre decía que tenía relaciones sexuales con Jesucristo o con Buda, razón por la que Alicia de Battenberg fue torturada con tratamientos de electroshock y finamente internada en el sanatorio Bellevue de Kreuzlingen (Suiza). Su padre lo abandonó a su suerte, se marchó a Montecarlo y ni siquiera se molestó en mantener el contacto con él, un hecho que marcó al príncipe Felipe de por vida.

Estudió en MacJannet American School, en Francia, y después en el Cheam School, en Reino Unido. En la década de los 30 lo mandaron a Alemania, junto a sus hermanas. Ellas fueron quienes motivaron que cuando Felipe cumplió 12 años ingresara en Gordonstoun, uno de los internados más exigentes de Escocia. Era un centro que había sido fundado por Kurt Hahn, de padres judíos y una de las figuras de la educación internacional más importantes de todo el siglo XX. En Gordonstoun, Felipe recibió una educación basada en cuatro pilares: el internacionalismo, el desafío, la responsabilidad y el servicio… pero también un ejercicio físico extenuante y unas duchas de agua fría que, como el abandono de su padre y la enfermedad mental de su madre, forjaron su carácter. Muchos años después, su hijo, el príncipe Carlos de Inglaterra, fue enviado al mismo internado en contra de su voluntad.

Se graduó en 1939, a los 18 años, e ingresó en el Royal Naval College (la Real Marina Británica), en Devon, justo antes de estallar la Segunda Guerra Mundial. Durante el conflicto armado sirvió en la marina británica, situándose así en el bando opuesto a sus cuñados, que formaban parte de los nazis.

El flechazo de la princesa Isabel

Fue precisamente en 1939, durante una visita a la academia naval del rey Jorge VI, la Reina Madre y las princesas Isabel y Margarita (quienes en realidad son primas terceras suyas) que cambiaría el rumbo de su vida para siempre. La princesa Isabel, quien entonces contaba con apenas 13 años, quedó prendada de él. En realidad, la visita había sido provocada por una de las pocas figuras benévolas con Felipe: su tío Luis “Dickie” Mountbatten, quien quería acercarlo a ese círculo y quien fue asesinado por el IRA con una bomba en un bote pesquero en 1979. Sin embargo, no era la primera vez que Felipe e Isabel se veían, puesto que en 1934 habían coincidido en la Abadía de Westminster durante la boda de los duques de Kent (el príncipe Jorge y la princesa Marina de Grecia y Dinamarca). Aquella visita a la academia naval fue el comienzo de una historia de amor que se materializó a través de cartas, que fueron enviándose a lo largo de los años siguientes.

En el verano de 1946, Felipe le pidió matrimonio a Isabel y después le pidió al rey Jorge la mano de su hija. El rey aceptó, aunque explicó que para celebrar el enlace debían esperar a que ella cumpliese 21 años, en abril del año siguiente. El 10 de julio de 1947 se hizo el anuncio oficial y el 20 de noviembre se casaron en la Abadía de Westminster ante más de 2.000 personas en vivo y más de 200 millones de radioyentes a través de la BBC.

Para casarse con la princesa Isabel, Felipe tuvo que renunciar primero a todos sus títulos reales, tanto griegos como daneses, adoptar el apellido Mountbatten de su familia materna y asumir el anglicanismo como religión. El matrimonio tuvo cuatro hijos: Carlos (1948), Ana (1950), Andrés (1960) y Eduardo (1964). Aunque ambos nacieron en Londres, tanto Carlos como Ana nacieron en la época en que el matrimonio residió en Villa Guardamangia, en Pietà (Malta), como resultado del trabajo de Felipe. A partir de 1951, la (todavía) princesa Isabel comenzó a asumir sus labores como heredera al trono, por lo que tuvieron que abandonar la isla.

Fue durante un viaje a Kenia en febrero de 1952 cuando Isabel II y Felipe se enteraron de la muerte del rey Jorge VI, tras un reinado de quince años. Isabel II ascendió al trono y después fue coronada el 2 de junio de 1953. Sin embargo, a él no le llegó el título de príncipe de Inglaterra hasta 1957, y hasta 1960 Isabel II no reconoció oficialmente el apellido Mountbatten a sus hijos, un hecho que había abierto una profunda brecha en la pareja y que molestaba especialmente a Felipe.

Desde entonces, Felipe de Edimburgo ha ejercido de rey consorte a la sombra de la (de momento) segunda monarca más longeva de la historia, sólo por detrás de Luis XIV, que tuvo un reinado de 72 años. Sus tareas se han centrado en el medio ambiente, la educación y, por supuesto, el deporte, que era una de sus grandes aficiones. Jugó al polo hasta 1971, entre otras muchas actividades deportivas. También era un auténtico forofo de los ilustradores gráficos británicos. En los cuartos de baño de los palacios no era raro encontrar viñetas de Matt, por ejemplo, que él mismo había colocado allí.

A lo largo de todas estas décadas, y al contrario que la reina Isabel II, el Duque se ha caracterizado por su sarcasmo, su ironía, sus afilados comentarios e incluso sus salidas de tono. Nunca terminó de ser un personaje especialmente querido ni para la izquierda (que lo considera racista) ni para la derecha (que lo considera progre). También se ha caracterizado por encarnar a la perfección el estilo del perfecto caballero inglés. Austero pero no mucho, con sus chaquetas enceradas de Barbour para ir de caza, sus trajes de Johns & Pegg, sus sombreros de copa, sus zapatos de John Lobb… Ni descuidado ni engolado. El duque de Edimburgo alcanzó un grado de equilibrio realmente difícil, quizá como muestra del equilibrio que tuvo que mantener a lo largo de toda su vida, entre el protagonismo y la sombra.




Fuente: Leer Artículo Completo